Reflexiones y un breve homenaje a propósito del dr. Ricardo Guerra*

Ricardo Pérez Montfort
CIDHEM/CIESAS

I

El Dr. Ricardo Guerra era el director de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM cuando pisé, por primera vez, aquellos pasillos de lo que ya para entonces se llamaba el "aeropuerto" y sus múltiples terminales, justo debajo de la Torre de Humanidades, a un costado de la Biblioteca Central. Eran los primeros años setenta, y yo venía prófugo de las aulas revolucionarias de la Escuela Nacional de Antropología e Historia, que entonces estaba en el maravilloso museo de Gandhi y Reforma, "donde está Tláloc", diría en algún momento la propaganda turística, promoviendo el profundo analfabetismo cultural que llevaba años acumulándose entre nosotros.

Llegué a esa Facultad huyendo también de las aburridas sesiones de la carrera experimental de medicina rápida, la A-36, que pretendía convertir a esa banda de extremistas que éramos, en un cuerpo de médicos "huarachudos", en clara referencia a los médicos descalzos de los que la revolución china blasonaba, sobre todo en las grandes páginas a color de China hoy y que igual aparecían en la revista Life en español. China hoy hablaba de la importancia de la comunicación entre el saber tradicional (la acupuntura) y el saber occidental (la penicilina y los antibióticos), mientras que Life reportaba sobre la afición de Mao Tsé Tung al deporte del ping-pong. Los médicos descalzos eran, sin embargo, en esos dos medios de comunicación radicalmente distintos, una posible solución para llevar los rudimentos de la medicina curativa y preventiva a los lugares más recónditos del planeta.
Decepcionado de lo que para mí había sido la revolución, con varios compañeros campesinos muertos o en la cárcel, y sin tener una idea clara de cómo y porqué seguir, la Facultad de Filosofía y Letras fue un gran trasatlántico que me aventó su salvavidas para recuperar un rumbo perdido. Seguramente el Dr. Guerra ni se enteró de la importancia que en esos años tuvieron para mí figuras como Edmundo O'Gorman. Alberto Ruz Lhuillier, Eduardo Blanquel, Alberto Manrique y Ernesto Lemoine. Esa facultad era entonces un oasis en medio de la guerra que librábamos contra el estercolero priista que nos tenía, como jóvenes, entre la cooptación, el ninguneo y la resistencia, en fin, en la vida sin mayor sentido.

Por alguna razón, que no recuerdo del todo, un día terminé en la oficina correspondiente a la dirección de la Facultad. Estaba sentado frente al escritorio del director, esperando a que llegara. Se abrió la puerta y entró el Dr. Guerra. -¿Cuál es su problema?- me dijo, de entrada. Intenté balbucear algo. En seguida me interpeló: Usted es de historia ¿verdad? … ¡Que va!… No hay historia sin filosofía… ¿Qué filosofía está llevando?... Bueno…¿porqué está aquí? ¿Qué les pasa a ustedes los historiadores? Ante tal metralla, lo único que acerté a decir fue que tampoco había filosofía sin historia…y eso le gustó. No acabo de acordarme qué me llevó aquel día a estar en la dirección de la facultad. Lo que sí tengo claro en la memoria es que el Dr. Guerra, el director de la Facultad de Filosofía y Letras, se quedó con un muchacho bastante insignificante, como un servidor, un rato largo disertando sobre la importancia de la filosofía y la historia y su mutua relación. El director de la Facultad tenía tiempo para conversar con un alumno cualquiera… ¿Cómo se nos fueron esos tiempos de las manos? Y sin embargo, aquí mismo en el CIDHEM, muchos años después el mismo Doctor Guerra, mantuvo ese estilo y su oficina nunca estuvo cerrada para cualquier asunto, tanto de orden mundano como de reflexión filosófica o metafísica.

II

Antes que la Facultad y el CIDHEM, si se me permite seguir con la nostalgia, conocí al Dr. Guerra en los pasillos de la radio universitaria, que en ese entonces estaba a un costado del Centro Médico de la UNAM, para ser exactos frente a la estación de autobuses. En la Radio Universidad teníamos varios programas que ya eran considerados santones: El cine y la crítica de Carlos Monsiváis, Los Universitarios hoy de Margarita García Flores, Radio Universidad en el Mundo de Ramiro Ruiz, Los libros al día de Sergio Fernández, Poesía contemporánea a cargo de Jaime García Terrés, Panorama del jazz con Juan López Moctezuma y desde luego La filosofía contemporánea a cargo de Ricardo Guerra. Por azares del destino también trabajé en la radio universitaria desde la primera mitad de los años setenta. Me tocó el ignominioso tránsito de dicha radio del campus universitario a la colonia del Valle, cosa que todavía me parece inconcebible. Una radio universitaria fuera de la ciudad universitaria. ¡Qué insensatez más grande! Desde entonces hasta hoy la propia Radio UNAM no ha podido ser recuperada por los universitarios. En fin…

Me tocó, pues, como trabajador de aquella radio universitaria, recibir a Ricardo Guerra una vez a la semana, infaliblemente, para que grabara su programa de filosofía. ¿Qué estación de radio puede blasonar hoy en día de tener un programa dedicado a los quehaceres filosóficos cotidianos? ¿Qué radio del mundo entero puede decir que tiene en su acervo un programa de filosofía contemporánea que va semanalmente recorriendo cualquier asunto que le compete a la filosofía desde 1952 hasta 1994? En medio de los embates propagandísticos e irracionales de la guerra fría, ¿a quién se le ocurría discurrir sobre el existencialismo, sobre la imposibilidad de las esencias, sobre la ética del quehacer cotidiano? Justo es decir que en los años setenta, los que trabajábamos ahí en la Radio UNAM, veíamos venir al doctor Guerra por los pasillos de la Radio UNAM no sabíamos apreciar lo que él estaba haciendo. Heidegger, Sartre, Kierkegaard por la radio, pueden pensarse como una locura. Pero también pueden pensarse como un tratar al público como interlocutor inteligente, como un semejante, y no como un bueno para nada que tiene que tragar toda clase de estupideces que pasan por la debilidad mental de quienes emiten lamentablemente día a día la señal televisiva y radial monopólica y comercial de este país, que no tiene el más mínimo respeto para quien lo escucha.

La filosofía por la radio, desde la perspectiva del Dr. Guerra era una apuesta a favor de la inteligencia, un combate a la ignorancia y a la mala fe, a la mediocridad y a la manipulación, como ahora es más que evidente en la mayoría de los medios de comunicación masiva. Verlo llegar por los pasillos de Radio UNAM siempre fue para mí una apelación a esa inteligencia. Fue un llamado a lo que debía ser una radio de universitarios para universitarios. La filosofía en la radio fue una propuesta básica del Dr. Guerra, una parte de lo que él creía que podía y debía ser la universidad; una forma de mostrar que lo que se hace en la universidad y en los centros de educación superior siempre es parte de lo que hace la gente, una forma de mostrar que la inteligencia no reconoce la diferenciación clasista, que la inteligencia está ahí para todos, que no es privilegio de nadie.
La relación entre la radio y el Dr. Guerra es todavía un asunto que está por estudiarse. Una más de las múltiples vertientes que Ricardo Guerra exploró para hacer de las humanidades un patrimonio colectivo, un rompedor de mafias y de exclusiones. Si es cierto que las ondas hertzianas se mantienen vivas en el espacio, seguramente en algún lugar de la galaxia la voz del Dr. Guerra seguirá dándonos lecciones de filosofía y de calidez humana.

III Me volví a encontrar con el Dr. Guerra en el Instituto de Cultura de Morelos en los primeros años noventa. Él ya había decidido avecindarse en Cuernavaca y yo todavía coqueteaba con la idea de salirme de la ciudad de México. La UAEM abrió una maestría en historia de México contemporáneo y varios de nosotros nos apuntamos en su hechura. Había, no cabe duda, cierta sensibilidad en cuanto a la importancia del fortalecimiento de las humanidades en el quehacer intelectual del estado. Ya se corría el rumor de que Cuernavaca era la ciudad con mayor densidad de científicos e intelectuales por kilómetro cuadrado en todo el país. Pero también se contaba con la evidencia de que a las autoridades locales eso no les importaba gran cosa. Lo importante era atraer capitales, inversión, no inteligencia. Como si para lo primero no se necesitara utilizar la segunda, aunque fuese de vez en cuando. A contracorriente, el Dr. Guerra insistió en la necesidad de fortalecer el quehacer humanístico en el estado. ¿Cuanto poeta, escritor, filósofo, artista plástico, teatrero, antropólogo, historiador, sociólogo, músico, escenógrafo, guionista, cineasta, etc, etc. se había refugiado en Morelos después de las hecatombes urbanas de la ciudad de México de 1985 y 1994? ¿Por qué no aprovechar ese caudal intelectual y artístico en el propio estado de Morelos?

Recuerdo que el mismísimo Dr. Guerra me invitó, perdón por el abuso de la primera persona, a hablar en el Instituto de Cultura de Morelos sobre la importancia del nacionalismo musical mexicano de los años veinte y treinta como parte de la construcción identitaria nacional, tal vez también queriendo abrir más espacios para la discusión humanística en el estado. Mi enojo contra el nacionalismo cultural y su discurso vacío se evidenció en aquella plática, pero también apareció la bonhomía del Dr. Guerra. Después de los sapos y ranas que salieron de mi exposición criticando lo limitado del discurso nacionalista en arte y música durante aquellos años, el Dr. Guerra me invitó a cenar. La cena transcurrió sin mayores aspavientos, sembrada con comentarios irónicos y juguetones del propio Dr. Guerra, tratando de recordar aquellas nuestras coincidencias por la Radio y por la Facultad de Filosofía y Letras. Al final de la misma, el Dr. Guerra me tomó por el hombro y me dijo: "No se enoje tanto…al fin y al cabo todo eso ya pasó…y lo mejor sería tratar de aprender de aquello". En efecto, tal como decía Edmundo O'Gorman: no hay que regañar a la historia, hay que comprenderla.

Yo sabía que Ricardo Guerra había pertenecido al Grupo Hiperión, justo en el momento en que la llamada "filosofía de lo mexicano" ganaba cartel entre estudiosos, promotores culturales y políticos. Aquel grupo, que Emilio Uranga identificó como "… el que había hecho una obligación nacional contribuir, como se pudiera, al tema de un análisis del ser del mexicano.." . Un grupo de filósofos, que forjados en las aulas de la Facultad de Filosofía y Letras, se tomaron en serio la utilidad de la filosofía y le otorgaron al estado mexicano los recursos necesarios para diferenciarse de los dos grandes modelos de desarrollo en pugna: el capitalismo y el comunismo. "Lo mexicano" implicaba una referencia a lo distinto. A algo que se escapaba de la pugna general y apelaba a un ser específico. Así, la "mexicanidad" y la filosofía de "lo mexicano" logró hacerle el caldo gordo al discurso del desarrollismo mexicano y salir airoso hasta desgastarse y convertirse en un lugar común de escuelas y ritos oficialistas.

Pero mientras todo esto sucedía, el Dr. Guerra seguía librando su propia guerra. La UNAM se había convertido en una expresión de lo que sucedía en el país. La avalancha del 68 lo cogió como consejero universitario, después como presidente de la Comisión de Trabajo Académico, y finalmente, en 1970, como director de la Facultad de Filosofía y Letras. De ahí no se movió sino hasta 1978. Cuando lo conocí estaba justo a la mitad de su gestión directiva o si se quiere de su reinado. Porque sí, hay que reconocer que de pronto en este país, hay un pequeño rey para cada parcelita de poder. Hay reyes malos, espurios, ilegítimos, no se diga…. pero también hay reyes buenos, conocedores de los problemas de sus reinos, hombres capaces de saber y gobernar como es debido, hombres que saben que el poder es sólo un instrumento para construir.

El Dr. Guerra gobernó la Facultad de Filosofía y Letras durante dos periodos. De 1970 a 1974 y de ese mismo año a 1978. Tal vez los mejores años de la Facultad en el último cuarto del siglo XX. Lo hizo con tal solvencia, que no tardaron en aparecer los rumores sobre la posibilidad de su ascenso a la rectoría de la UNAM en aquel conflictivo año de 1978. Las autoridades universitarias prefirieron jugar a lo seguro, y reeligieron al doctor Guillermo Soberón Acevedo, lo cual pareció significar un revés para las humanidades, como espacio relevante a la hora de la alternancia en la dirección de la máxima casa de estudios. Desde hacía años, el Dr. Guerra mantenía una relación directa con filósofos alemanes, ya que su estudios de doctorado los había realizado con Hugo Friedrich, Eugen Fink y Martin Heidegger. Ante la conflictiva situación de la política interna mexicana se le presentó la oportunidad de convertirse en embajador de México ante la República Democrática Alemana (RDA). Ahí estuvo desde 1978 a 1983. Quien no conoció Berlín y no supo lo que fue aquella ciudad durante aquellos años, igual nunca sabrá lo que significa una sociedad en pleno proceso de cambio, entre la sujeción con tintes totalitarios y el salvajismo capitalista. La RDA no era ajena a México. Una buena cantidad de intelectuales y artistas se habían refugiado en nuestro país durante los años de, como ellos la llaman hasta hoy, la gran guerra. Habían hecho trabajos importantes en materia de difusión cultural y ahora tocaba corresponder con el país huésped en épocas de penurias.

Al Dr, Guerra le tocó vivir esa época en un Berlín enloquecido, constructor de utopías, capaz de ver al mismo tiempo la ilusión del capitalismo y la necesaria justicia social del socialismo. Los "ostis" y los "westis", los controlados y los supuestamente libres… esa Alemania de los años setenta, cuya frontera se establecía por frases como "Check point, Charlie", "No trasspassing", "You are now leaving the American Sector"… Esa Alemania invadida por gringos, todos los días, cada día, por un lado. Pero también sujeta por militares soviéticos, que en cada jornada apuntalaban también la ignominia del muro y de la ciudad injustamente dividida.

En 1995 estuve en Berlín en una estancia académica. Por azares del destino busqué en un directorio telefónico un tanto anacrónico la dirección de la embajada de México. Había dos direcciones. Una muy cerca, en un segundo piso; otra lejísimos del barrio berlinés donde yo habitaba. Decidí visitar la más lejana para ir conociendo parte de esta ciudad, tal vez la más arbolada y extendida del mundo. Después de dos cambios de metro y un paseo en camión suburbano, en medio de una lluvia intermitente llegué a la casa que había sido la embajada de México. Todavía tenía en el frontispicio de la entrada la sombra de un escudo con un águila y una serpiente. Era una casa de un solo piso. Parecía abandonada. Un porche invitaba a llegar a la puerta principal. Toda era de madera. Gastados los tablones y pintados de blanco grisáceo. Me quedé un largo rato mirando el portal que proponía al frente. Era una especie de casa veraniega en medio de un pequeño bosque. Volvió a llover y crucé la calle para refugiarme bajo un alero que ofrecía la parada del autobús. La sensación de la casa abandonada, de la antigua embajada de México en Alemania Oriental, me acompañó durante todo el trayecto de regreso. Recordé algunas anécdotas que Juan Villoro me había contando sobre sus experiencias en aquella embajada recién regresado a México unos años antes, y también recordé al Dr. Guerra en la Facultad de Filosofía y Letras. Hacía muchos años que él ya no estaba en Alemania, pero por alguna extraña razón el recuerdo de su bonhomía me provoco cierto alivio, a pesar de la sensación de desesperanza que me había generado la imagen de la embajada mexicana abandonada en aquel Berlín Oriental.

Curiosamente, no acababa de desempacar del todo a mi regreso de Alemania en 1996 cuando el Dr. Guerra me mandó llamar para ofrecerme el Seminario de historia de cultura mexicana en el CIDHEM. Desde entonces hasta hace una cuantas semanas, el Dr. Guerra me dispensó su apoyo y su amistad invariable. Todavía lo veo bajar las escaleras del CIDHEM y asomarse al salón para saludar con su mano abierta y su sonrisa.
El Dr. Guerra supo hacer del CIDHEM un espacio de trabajo envidiable, en donde uno se sentía, y todavía sucede semana con semana, el saberse particularmente bienvenido. Lejos de las mafias culturales y académicas, que no son pocas en México, el CIDHEM ha sabido reflejar las particularidades del trabajo humanístico tal como lo concebía el Dr. Guerra. Un trabajo en el que el rigor y la excelencia no se riñen con la tolerancia y la buena voluntad. Un trabajo que invita a la crítica y a la reflexión, a no caer en los lugares comunes y en el acarreo de la cultura política hegemónica. Un trabajo realmente humanístico en el que el ser humano recupera su dignidad y su razón de ser a través de la inteligencia y del conocimiento y no tanto a través del oscurantismo y los afanes manipuladores de quienes pretenden beneficios políticos más que intelectuales.

La palabra homenaje se utilizaba antiguamente para jurar fidelidad, pero también para mostrar admiración y respeto por alguien. Creo que si mantenemos al CIDHEM fiel al proyecto original del Dr. Guerra, a sus convicciones y a sus enseñanzas, nos sabremos también ganar y mantener la admiración y el respeto de la sociedad a la que debemos servir como académicos, estudiantes, administradores y en general como gente de bien. Y esto habría que hacerlo entre nosotros y de hoy en adelante, ya que el Dr. Guerra ahora nos falta, pero también con profunda claridad de metas, apuntalando el conocimiento y el pensamiento crítico, alejando a la manipulación y al inmediatismo. El CIDHEM es un proyecto que no debe encerrarse en sí mismo, ni sólo ver para sí. Tiene que mantener su proyección hacia la sociedad morelense y de todo el país, sin distinciones ni sectarismos, si es que queremos mantenernos en el lugar en donde nos supo poner el Dr. Guerra. Ese sería, desde mi punto de vista, el mejor homenaje que podríamos hacerle a nuestro maestro y amigo, Ricardo Guerra Tejada.

* Texto leído en el homenaje al Dr. Ricardo Guerra Tejada el 22 de junio de 2007 y publicado en La Jornada Morelos, en la sección Correo del Sur el 1° de julio de 2007.

Recordar es permanecer
Adriana Yáñez Vilalta
{LEER ARTÍCULO}

Reflexiones y un breve homenaje a propósito del dr. Ricardo Guerra
Ricardo Pérez Montfort
{LEER ARTÍCULO}

POST DATA
Laura Bensasson
{LEER ARTÍCULO}

El dolor de la ausencia
Alberto Constante
{LEER ARTÍCULO}


{GALERÍA DE FOTOS}



® CIDHEM 2008 - Av. Morelos Sur Número 154
Esq. Amates, Colonia Las Palmas
Cuernavaca, 62050, Morelos, México.
Tel. 01 (777) 318 8310