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Laura Bensasson
No sé cómo me enteré, pero recuerdo bien las primeras conferencias que inauguraron el CIDHEM en la amplia sala de entrada de una casa adaptada para hospedarlo. No se construían aún el auditorio, los salones nuevos y la biblioteca pero los maestros eran, desde entonces, eminencias cuyos seminarios hubieran sido, sin el Dr. Guerra, difícilmente accesibles para provincianos como nosotros.
Fue entonces cuando decidí estudiar antropología; entregué mi proyecto de investigación para ingresar al doctorado una semana después de aprobar la maestría en Psicología Clínica Infantil y obtuve el privilegio de pertenecer a la comunidad estudiantil de este centro.
Fui recorriendo por gusto, sin prisa, algunos de los mejores seminarios; pospuse otros para después de la titulación. Disfruté inmensamente los seminarios de antropología de Alfredo López Austin; volví a interesarme por la mitología con Elsa Cross; descubrí el Templo Mayor con Matos Moctezuma; me inicié al estudio del náhuatl clásico con José Antonio Flores Farfán y Carmen Herrera; escuché por primera vez las reflexiones de Rodolfo Stavenhagen sobre los derechos colectivos; nos asombramos con Carlos Montemayor; recuperamos con Antonio García de León y Carlos Melesio Nolasco el valor de la memoria y del contexto histórico y el gusto por la anécdota; apreciamos enormemente la gentileza y la entrega de Luís Tamayo.
Lo más granado de la academia nacional acudió al CIDHEM por el poder de convocatoria del Dr. Ricardo Guerra Tejada. A él y a su planta docente debo muchos de mis mejores aprendizajes; de ellos pude apreciar también la calidad humana, la modestia y la sabiduría que acompañan el amor al conocimiento y el compromiso social.
Todavía no estaban resueltos los trámites que asegurarían el reconocimiento burocrático de esos aprendizajes y el CIDHEM era ya el espacio privilegiado para el encuentro y el intercambio de muchas almas inquietas en busca de saber. En este crisol nos fuimos formando y transformando.
Ahora que ya no está entre nosotros recuerdo la amenidad del Doctor Guerra, su sonrisa picaresca, su afabilidad. Recuerdo y agradezco su apoyo para cursar el diplomado en Educación Abierta y a Distancia de la UNAM. Aprecio infinitamente su última publicación autografiada para el 15 de mayo, pues a él debo también mi inclusión en la planta de maestros para la comprensión de textos en francés.
Imaginaba su presencia en mi examen final; ahí podría agradecer su apoyo y mostrarle que no había sido en balde. Después asistiría también a sus seminarios....
Ya no hubo tiempo. Sólo nos corresponde ahora honrar su memoria dando buen uso a estos aprendizajes y manteniendo bien alto el prestigio del CIDHEM y el proyecto educativo de su fundador.
Nuevamente y por siempre: gracias, Dr. Guerra.
| Recordar es permanecer Adriana Yáñez Vilalta
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